El enemigo está dentro. Disparad sobre nosotros.


 

Llevo bastante tiempo pensando en escribir sobre la crítica y la autocrítica en el mundo del arte, pero este 2018 está siendo tan difícil que no me ha dejado tiempo o cabeza para hacerlo. Parece ser que hoy encontré un hueco.

Recuerdo que hace más o menos un año, me sorprendió muchísimo leer en redes a varios críticos y sesudos académicos del mundo artístico, que escribían artículos de forma absolutamente críptica, oscura, rimbombante… Y lo más increíble de todo era que si tenías tiempo para perderlo descifrando, los textos en cuestión decían poco, nada, o le daban vueltas a lo mismo de siempre. ¿Cómo estamos comunicando el arte contemporáneo?

Supongo que esto va contra mi naturaleza, porque no puedo entender que quienes se llenan la boca con grandes eslóganes como “la cultura es para todos”, sean en muchas ocasiones los mismos que escriben o comisarían exposiciones para unos pocos nada más. Que los que ponen la cara para muchas reivindicaciones de moda (pobres reivindicaciones, que ellas no tienen la culpa) como el feminismo, en el que yo también milito, hablen de sororidad, pero sólo sean amables y se comprometan con aquellas mujeres de las que algo pueden sacar. A las demás, puñaladitas en la espalda. Que quienes reivindican un arte político para cambiar la sociedad, sean los que después no paguen un duro a los artistas con los que trabajan o pisoteen a sus compañeros. Que los que cobran por organizar actividades en centros de arte o museos públicos, por lo tanto, con dinero público, sólo convoquen a sus amigos obviando a profesionales más válidos y que encajarían mucho mejor. Que se cuestionen las estrategias museólogicas del pasado, realizando conferencias y mesas redondas (a las que van tres), llegando a conclusiones de lo más alentadoras, y al día siguiente publiquen un artículo en la web del centro o museo escrito por el mismo de siempre (no “la misma”, of course, aunque según los casos, de esto también haya), con las mismas palabras rebuscadas de siempre, pensando en sus tres lectores de siempre, pagado con el dinero de esa misma gente que jamás te leerá o visitará tu exposición. Esa exposición con un proyecto de comisariado que ocupa más o menos dos folios escritos por una cara y grapados, porque hacerle una portada quedaría ridículo, eso sí, con muchas citas de Foucault, Benjamin o Derrida.

 

 

Y todo ello con la boca llena de grandes principios, ondeando la bandera de la integridad e imparcialidad mientras todos aplauden. TODOS. Incluso aquellos que en “petit comité” comentaron que “hay que ver, vaya tela, qué poca vergüenza”. Y no les culpo, al menos no a todos: hay que sobrevivir, quieren entrar y, aunque sin renegar de sus principios, no se enfrentan por miedo a quedar relegados de por vida. El miedo es legítimo. Quizá lo más humano e instintivo. Todos lo hemos sentido y nos ha llevado a hacer cosas de las que no estamos especialmente orgullosos. Nadie puede señalar a nadie por ello.

La cultura, por supuesto, es de y para todos, qué duda cabe. Y decirlo mucho, desde tu estrado o desde ese lugar de privilegio en el que estás o piensas que estás (esto no siempre es lo mismo), sólo hace notar que estás obviando lo que la cultura misma es: una construcción común, social, identitaria, que no viene dada y definida únicamente desde las élites. O al menos, no debería (me acuerdo de José Jurado y su blog Cultura Poligonera).

Pero, incluso con este panorama, no hay que perder la esperanza, pues, claro, no todos dentro del mundo del arte son así (¿somos? Discúlpenme, es que no sé dónde estoy ni si pinto algo en todo esto). Sería insoportable.

Conozco a muchos profesionales con ganas y las cosas muy claras. Que no se tapan para decir lo que piensan y actúan acorde a lo que dicen. Coherentes y vehementes, que se sitúan dentro, pero a un lado. Creo que esa es la clave. Participar, sí, pero sin perder de vista tu lucha (porque es una lucha querer hacer las cosas desde la honestidad, sin que la corriente te arrastre). Está claro que esta postura impedirá que te llamen para TOOOOODAS las mesas redondas, o que te restará posibilidades de comisariar o ser comisariado, o de ser incluido en los proyectos MÁS MOLONES del momento, de salir en todas las fotos de todos los blogs o perfiles de Instagram con tu mejor sonrisa de “esto me traerá buenas rentas”. Pero en la vida y en este mundo, hay que decidir en qué lugar te colocas, cuál es tu postura, porque eso dirá quién eres. No creo en los tibios. No me gustan los profesionales a los que el photocall les importa más que el trabajo riguroso.

Hoy me siento inspirada, porque en estos años tan duros he comprendido que, como dice Iván de la Nuez, “A diferencia de la vanguardia, la retaguardia es un lugar en el que uno nunca está solo”. O como dicen que dijo Dante, “I posti più caldi all’Inferno sono riservati a coloro che nei momenti di grande crisi morale mantengono la loro neutralità”.

 

 

Gracias por la inspiración. A los unos y a los otros.