“ESTO LO PINTA MI HIJO” Capítulo 1


 Supongo que no soy la única que ha oído mil veces este comentario a visitantes de museos de arte contemporáneo. De hecho he podido observar que es una frase típica, no sólo en el visitante español, sino en cualquier visitante de museo sea cual sea su procedencia y siempre que éste no sea un experto o amante del arte contemporáneo.
 Debo decir que no por haberlo oído mil veces deja de parecerme insoportable y me pone de muy mal humor. Pero, lejos de lo que pueda parecer, no creo que la culpa sea del público, o al menos, no sólo él es el responsable de que aún hoy nos encontremos con que la sociedad en general no ha aprendido a valorar el arte contemporáneo ni sabe descodificar su lenguaje.
 Dejo sobre la mesa los diferentes factores que, a mi parecer, nos llevan a esta paradoja, ya que para mí es una paradoja que se abran a diestro y siniestro centros y museos de arte contemporáneo, para una sociedad que, por lo que se ve, no entiende ni reconoce el arte contemporáneo como ARTE en mayúsculas. Como el “arte verdadero”.
 Desde que el arte dejó de tener como principal tema y fin la imitación de la naturaleza o realidad (con el nacimiento de la fotografía), éste pudo ser libre y comenzar a investigar, desarrollar, ampliar, profundizar, experimentar en un lenguaje que aún habiendo sido ya creado, había estado encajonado por los límites que la realidad le imponía. A partir de ahora, ¿quién le pondrá puertas al campo?. Rompedores de los cánones ha habido muchos a lo largo de la historia del arte: Picasso con el cubismo o Marcel Duchamp con los ready made, etc. Por ello, y en un mundo donde el ordenador, los teléfonos móviles, el Ipad, etc triunfan, ¿con qué argumento podemos pedirle al arte que siga anclado en el siglo XIX?. Si el arte es “manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros” (definición de la R. A. E.), ¿cómo podemos pedirle que permanezca ajeno a los avances técnicos, científicos e ideológicos de la época a la que pertenece?. Pero además, si consideramos que el arte es un lenguaje, ¿cómo podemos exigir al público que descodifique un lenguaje que no ha aprendido?, ¿cómo conseguiremos que lo entienda si no le damos unas herramientas previas válidas?.
 También supongo que no soy la única que en sus años de instituto los profesores pasaban los temas de arte para darlos “si había tiempo” al final de la explicación (y nunca lo había), o que en la asignatura de historia del arte, de la que te ibas a examinar en selectividad con suerte llegabas hasta las primeras vanguardias, siendo el arte contemporáneo el tema que siempre quedaba pendiente.
 Pero, por otro lado, siento que existe una falta de apertura de mente bestial en nuestra sociedad. La mayoría de personas no se informan sobre lo que van a ver a un museo, no investigan un poco ni se interesan con anterioridad a la visita. Y no es lo más grave, pues una vez en el centro de arte contemporáneo, van cargados con sus prejuicios como si fuera una venda que les impide disfrutar de lo que están contemplando, les evita acercarse y ver con ojos de niño, con ojos de descubrimiento. Eso sí, todos disfrutan de “Las Meninas” o de exposiciones que parecen producto de una gran campaña de marketing como la de los paneles de la Hispanic Society de Sorolla, exposición que sufrí (es el verbo indicado) en mis propias carnes y pobre Sorolla, que él no tiene la culpa de nada…. pero, ¿realmente sacan todo el partido?, ¿entienden lo que esas pinturas significan? ¿o se quedan en el “qué bien pintaba este hombre, mira lo bien que está pintado el perro, parece de verdad”?. ¿Son capaces de ver más allá de ese primer nivel que es la representación de la realidad?. No quiero con esto que penséis que trato a la gente de tonta, sino todo lo contrario. Lo que me planteo es si la educación artística recibida por la mayoría es suficiente y si, desde las instituciones artísticas nos preocupamos por facilitarles los instrumentos básicos para el disfrute del arte.
 Hilando ahora con las instituciones dedicadas a la difusión del arte, ni cabe decir que las principales son los museos. Ya desde los años sesenta con los ideólogos que plantearon la nueva museología y más tarde con la museología crítica se ha dado al museo el papel de mediador entre la obra y el público. El museo tiene que ser un lugar que lejos de ser sagrado, un templo, quiera hacer que el visitante viva una experiencia directa con el arte. Un lugar de aprendizaje, de discusión, de debate donde las personas sean capaces de reflexionar sobre el mundo a través de las obras artísticas que responden a esa misma visión del mundo que tienen unas personas llamadas “artistas”. Pero, ¿la teoría museológica están siendo llevada a cabo verdaderamente por los museos?. Está claro que cualquier museo de hoy en día no puede permitirse no tener un departamento pedagógico o de difusión, pero, ¿es más un mecanismo para llenar las estadísticas de visitantes de museos y legitimar el museo como necesario, o se está cumpliendo con la labor encargada por el ICOM (international council of museums, UNESCO) ?. Sé de buena tinta el buen hacer de muchos departamentos pedagógicos, pero del mismo modo, sé de muchos otros que siguen el modelo “soy un guía: yo te suelto el rollo y tú escuchas callado y sin rechistar”.
 Y es que el arte siempre ha sido algo supremo, divino reservado sólo a unos pocos, a la cream de la cream… y con esto planteo mi última pregunta de este capítulo: Si el arte es exclusivo, da estatus, te hace partícipe de una élite de personas (curadores o comisarios, directores de museos, coleccionistas, galeristas, artistas), ¿es posible que esas personas quieran quitarse su aura de divinidad para bajar a la tierra y democratizar del arte?, la gran proliferación de “cajas blancas” o “cubos blancos” donde es la obra la que habla en sus salas impolutas y sin explicación alguna que nos haga entenderla, ¿es casualidad o es producto de esta renuncia por parte de la élite del arte a la democratización del hecho artístico?. ¿prima lo estético sobre lo pedagógico?.
 Esperemos que no, y que el diálogo entre ambos conceptos, sin que con ello salga perjudicado el visitante, sea lo que prevalezca.