TODOS LOS NOMBRES. Capítulo 15


En ocasiones siento que mi blog se ha convertido en una especie de departamento de quejas. Quizá la mayor parte de mis entradas son críticas, señalan defectos, quitan el disfraz a diferentes situaciones… Más tarde pienso que éste es el lugar que he concebido para decir lo que pienso sin cortarme, y que, por supuesto, también alabo el buen hacer de muchos centros, instituciones y profesionales. De hecho, mis siguientes entradas las dedicaré a mis últimas experiencias en la Fundación Cultural Mapfre, la galería Sabrina Amrani y el Museo del Romanticismo. Hay que reconocer el trabajo bien hecho y las iniciativas enriquecedoras, y por supuesto, también lo haré.
En esta entrada voy a mezclar varias críticas que, sin querer, mientras redactaba el artículo en la mente, se tropezaban unas con otras. De todas formas, quiero dejar constancia de que mi deseo no es hundir en la miseria a ninguna institución, es más, no suelo decir nombres y quien quiera saber, seguro que encuentra la manera. No lo hago porque creo más que suficiente analizar el problema, incluso hacerlo genérico, y porque, nada es del todo blanco ni negro, así que quizá aunque haya fallos también puede haber virtudes (puede ser…).
Por último, quiero que se tenga en cuenta que todas las opiniones que vierto en el blog, son opiniones profesionales, basadas en mi experiencia y formación. Creo necesario el debate y la crítica (también a mis opiniones). Me gusta la discusión, que no la pelea, pues es el camino para avanzar.
Pues bien, con los últimos artículos y el programa “Salvados: cuando éramos cultos” sobre museos hechos por grandes arquitectos y que ahora se encuentran vacíos de contenido, me vino a la cabeza una situación paradógica que tuve la mala suerte de presenciar.
En un museo del extranjero donde trabajé, durante mi estancia, tuve la “suerte” de asistir a un gran acontecimiento: la preinauguración. Ya este concepto de “preinauguración” me deja alucinada, pues fueron 3 días de celebración, con brunchs, comidas, cenas, conciertos, sobre unas 15 exposiciones montadas… y todo ésto, con dinero público, pues es un museo del ayuntamiento de aquella ciudad. Voy empezar mi crítica por aquí. Resulta que en esos mismos días y con aquella misma duración, se realizaban los actos inaugurales de otro museo de arte contemporáneo, en este caso, nacional. ¡¡¡Oh Dios!!!, ¡no podemos ser menos!!!, ¡debemos subirnos al carro, aunque nos gastemos el dinero que 4 meses más tarde, necesitaremos para la auténtica inauguración!, aunque no paguemos NADA a nuestros becarios que trabajaron más de 10 horas al día durante 16 días seguidos (mi convenio era de 5 horas diarias y durante 6 meses no hubo un día que trabajara menos de 9) mientras sus jefes se iban a jugar al pádel; aunque a los pocos becarios que contratamos después de dejarse la piel en su periodo de prácticas, les paguemos 800 euros al mes pero agrupado de 3 en 3 meses; aunque haya obras en riesgo en los almacenes y las salas por la mala climatización y adecuación, etc, etc… Así que, podemos estar contentos, la explotación y el desvío de fondos públicos para colgarse medallas políticas no sólo ocurre en España. Hay países en el resto de Europa que lo hacen igual de mal que nosotros e igual de descaradamente. ¡Qué bien!.
Pero continuaré analizando el tema. Aquel otro museo, el nacional que se inauguraba, era un proyecto de la mega arquitecta Zaha Hadid, y como nosotros no podemos ser menos (sólo tenemos algo menos de dinero), se lo encargamos a Odile Decq, arquitecta francesa un poco menos molona que Zaha.
Como en este mundo todo se sabe, a mi oídos llegaron críticas al proyecto de Zaha que no se adaptaba a la perfección al fin de museo. Pero ésto sólo son rumores, así que comentaré lo que no son rumores, porque lo vi con estos ojitos. La sala principal de la ampliación del museo en cuestión, de dimensiones enormes, no recuerdo los metros cuadrados, pero podéis creerme, tenía un pequeño error: el techo caía inclinado, y el muro que da directamente a la calle no lo era, por lo que quedaba un agujero en forma triangular de unos pocos metros cuadrados. Señoras y señores, estamos hablando de una SALA DE EXPOSICIONES, la temperatura y la humedad, la luz, la contaminación, deben de estar controladas al 100%, pero con un agujero de esas características, ¿cómo lo hacemos?. Pero no, aquí no acabó la diversión… Estábamos montando una de las obras, nosotras las conservadoras, comisarias, uno de los artistas y su asistente cuando sentimos un aleteo. Habían entrado PALOMAS, sí palomas. Esos animales que se cargan la piedra de edificios históricos con sus excrementos, y que, en esa sala, habían encontrado un sitio ideal para vivir. Por supuesto, el artista al ser consciente de la amenaza, quiso llevarse su obra. Normal. La cara de todas nosotras era de foto: un color se nos iba y otro se nos venía. Como pudimos intentamos solucionar el asunto, lo que significa, gasto de dinero.
Seguramente este fue el hecho que más nos hizo sudar, pero no es el único error cometido por esta gran arquitecta en su proyecto. Una de las claves de la ampliación era aumentar el espacio de almacenaje. Recordemos las dificultades de almacenaje derivadas del arte contemporáneo: variedad ilimitada de materiales con diferentes características para su conservación, la diversidad de tamaños, incluidos grandísimos formatos, etc. Nada mejor que un edificio de nueva planta para solventar todas estas cuestiones, ya que, quien lo diseña tiene todas las facilidades para que el edificio se adapte a la perfección a su función y fin. Pues amigos, no fue así. Los almacenes, aunque con muchísmos metros cuadrados, tenían la altura de una habitación normal (no más de 3m) y, para más inri, están llenos de columnas muy próximas unas a otras. ¿Pensaba la arquitecta que era un museo de miniaturas?, ¿cómo almacenamos una obra de gran formato ahí?.
De todo esto, saco diferentes preguntas que creo, deben de ser planteadas de una vez:
-¿Por qué encargar proyectos de museos con coste millonario a mega arquitectos?, ¿es solamente una cuestión de fama, reputación, o responde verdaderamente a las necesidades culturales y museológicas?
-¿Por qué esos proyectos, que deberían ser impecables, no cumplen con la función para la que han sido encargados?
-¿Por qué el equipo de profesionales (doy por hecho que lo son) que han encargado el proyecto y que lo pagarán con dinero público, no corrigen y detectan los fallos del proyecto a tiempo?
-¿Prima la imagen de cara a los medios a la conservación de las obras, o incluso en muchos casos, a la adaptación a las necesidades de las personas?. Ejemplos de museos de nueva planta que no están adaptados al uso de las personas con cualquier tipo de discapacidad hay muchos, pero no sólo eso, hay museos de nueva planta a los que le faltan, por poner un ejemplo, barandillas en las escaleras, porque así son más estéticos. ¿Y la seguridad de las personas?. De accesibilidad se habló el lunes en #Cultura18 , charla que cada lunes tiene lugar en twitter y en la que profesionales, interesados y amigos, planteamos problemas y soluciones para la cultura actual.
La farsa política, la típica postura de “yo la tengo más grande” pero en este caso, mi museo lo ha hecho un arquitecto de más renombre que el tuyo, nos ha llevado al despilfarro de millones que no vienen de manos privadas, sino del contribuyente. Además, los defectos en estos edificios (perdonadme, es que no deja de sorprenderme que arquitectos consagrados sigan cometiendo errores gigantescos como los que he contado) se traducen en más dinero, en problemas de base para el museo y en riesgo para visitantes y trabajadores.
Lo bueno de las crisis es que no deja dinero para lo superfluo. Esperemos que hayamos aprendido algo.