DAR LA VOZ AL OTRO. Capítulo 20


Estos días hemos estado intercambiando ideas en twitter a raíz de la publicación de dos artículos en blogs sobre museología: el de @MuseoGoGreen #ProyectoNoTocar Cómo inventar un museo sin prohibiciones. y el de @sabope Museos, ¿espacios de veneración y de culto o espacios sociales?. En ambos, aunque el tema no es exactamente el mismo, se plantea el distanciamiento existente entre la institución museística y el público, sea por excesivas, constantes y en muchos casos, absurdas prohibiciones que nos imponen en la visita o bien por el aura de lugar sagrado que muchos (la mayoría) de nuestros museos tienen. Al final, el museo sigue siendo “el templo del arte”. Por supuesto os animo a leer ambos artículos y a participar con vuestras opiniones. Yo por mi parte intentaré dar lo que considero son las claves para comprender esta situación. Quizá pique. Al menos, eso espero.
En primer lugar, los mismos profesionales son los que establecen esta distancia. En muchos casos por desconocimiento ya que no conocen las estrategias, los recursos, las vías que es necesario activar para llegar al público. El no conocerlas no sirve de excusa en ningún caso, y además, resalta el tipo de profesional que realiza las funciones de museólogo. Y sí, no todos los que trabajan en museos son museólogos (sea por curiosidad e investigación, sea por formación) ni todos los museólogos trabajan en museos. A la vista está. Si sigo profundizando en esta idea puedo extenderme hasta el infinito, y no quiero. Tengo todavía otras ideas que desarrollar pero sí os dejo planteada una pregunta para que, en otro momento si queréis, la contestemos entre todos: ¿es justa la selección del personal en los museos públicos? ¿con el tipo de oposición existente es posible valorar a los candidatos? ¿se consigue descubrir si son capaces de llevar a cabo el trabajo que un museo de hoy requiere? En esta misma línea decir que hacer del museo un lugar de encuentro, reflexión, identidad, interpretación de la realidad, etc, supone que el profesional, digamos, el museólogo (trabaje en el departamento en que trabaje) debe de conocer al público, a la sociedad en la que se encuentra instalado, al visitante que llega de fuera y trae con él otros registros. Ésto ya por sí mismo es un trabajo durísimo que muchos no están dispuestos a hacer simplemente porque dirigen o trabajan en un museo que, con máscaras, vive de espaldas a su ciudad, su barrio, su pueblo. El recortar las distancias entre el museo y el público supone bajar del pedestal, DAR LA VOZ AL OTRO, pues sabiendo a quién nos dirigimos y con quién queremos dialogar podremos abrir los caminos necesarios. Ello requiere de un gran compromiso (también por parte del público, ¡ojo!) y lo que es más importante: estar dispuesto a escuchar, a valorar, a aceptar como útiles otras visiones del mismo hecho que no por no ser de especialistas (¿quién dice que en nuestro público no hay también especialistas?) dejan de aportarnos riqueza. El profesional, sentado en su trono, tiende a infravalorar las opiniones externas y adopta un tono paternalista: escúchame y aprende. QUÉ EQUIVOCACIÓN MÁS GRANDE. Pero claro, si yo soy alguien porque soy de los que sé, y al darte la voz a ti acabas teniendo la misma relevancia que yo, ¿en qué me convierto?… Perder el estatus de élite, ese es el problema.
En muchas ocasiones se culpa de la falta de cercanía a la carencia de medios económicos. Es verdad que nuestro patrimonio, nuestros museos son muchos y ricos, por lo que el dinero siempre es un problema, pero es primordial usar ese dinero en construir comunicación porque recordemos que el patrimonio es público y los museos también lo son. Es responsabilidad de los profesionales del museo y de los que están por encima de ellos, el hacer llegar los contenidos y valores que éstos contienen y acogen. Que lo público sea público y no un escaparate para glorificar a artistas, directores, comisarios, etc. Se debe entender, por tanto, este trabajo como RESPONSABILIDAD CON LA SOCIEDAD, y no como una lanzadera personal. Se puede y se debe optimizar los recursos pues con buenas ideas, con objetivos claros y con un equipo “empastado” que trabaje de forma transversal, se consiguen cosas. Sin duda. No hay que tener miedo a que alguna experiencia no tenga éxito. Siempre será peor no intentarlo.
Estamos hartos de leer estadísticas sobre visitantes a tal o cual museo. Es un dato, cierto, pero no totalmente objetivo, primero porque las estadísticas se falsean. Sí, se falsean. No digo que todas y no digo que siempre. Pero se hace. Segundo porque, que una exposición haya tenido muchos visitantes no quiere decir que haya calado, que haya fidelizado al público, que haya enriquecido. Últimamente los museos públicos parecen más empresas privadas con campañas de publicidad que ya querrían muchos. Eso no es comunicación. Es una camiseta de moda, una canción que suena en la MTV, un libro de autoayuda. No, ese no es el concepto de museo. Esto enlaza con cosas ya dichas: glorificación y lanzaderas personales, disfraces de “somos un servicio público”, gastamos demasiado dinero en publicidad pero no tenemos recursos para crear comunicación, escuchar, dialogar. No soy partidaria de tratar a la gente como rebaños ni de hacer que la visita al museo sea “lo que no te puedes perder” publicado en la revista de una peluquería. La visita al museo debe ser voluntaria, hay que estar interesado. No podemos culpar al público de no tener interés si no nos hacemos necesarios. Si sólo les pedimos que vengan cuando nos interesa publicar las estadísticas de visitantes. Os propongo algo: pensad en algún museo al que hayáis ido que, por la forma de exponer e informar, parezca más bien una galería de arte. ¿Lo tenéis? Estoy segura de que cada uno ha visualizado un caso concreto. Bien, pues, con mucha frecuencia, ésto no es una simple tendencia estética. Diría que es más habitual aún en museos y centros de arte contemporáneo. No perdamos de vista que el mercado del arte corre paralelo a estos museos. ¿PARALELO? (…)

El patrimonio, sea en la forma que sea, se degrada. Es una de las labores del museo recogidas por el ICOM (International Council of Museums), el preservarlo y conservarlo. Esta tarea, en muchos casos choca frontalmente con la de difundirlo. ¿Es más importante conservar o difundir?. Es cierto que habría que valorar los casos concretos, pero no es menos cierto que existe la tecnología y los recursos para poder cumplir con ambas. Vídeos, copias, paneles explicativos e interactivos, vitrinas, correcta señalética… Mil formas de difundir sin degradar. Las hay, sólo hay que buscar la que más se adapte a nuestras necesidades. Aún así, la que yo propongo es inmaterial y no corresponde únicamente al museo: la concienciación. Cuando una persona, un grupo, una sociedad se siente identificada con su patrimonio, lo reconoce como propio y lo valora. Es necesario que la sociedad en su conjunto, a través de la cultura y la educación, ponga en valor su patrimonio y vele por él. Parece difícil ahora, ¿no?. Veremos…
Las teorías que defienden un museo verdaderamente social, que revolucionan y piden el cambio, la ruptura con el “museo templo”, se vienen dando desde los años 60. Hace más de 50 años de ésto y parece increíble que aún nos sigamos planteando ideas tan arcaicas. Se ha hecho mucho, claro está. Tenemos ejemplos estupendos de ello. Si os interesa leer sobre ésto, os aconsejo el libro de Nina Simon “The Participatory Museum”.
Quiero aclarar que en este post hablo en todo momento de museos públicos. Las instituciones privadas tienen distintas connotaciones y es curioso que ellas son muchas veces las que más invierten en este diálogo con el público. Otro tema sobre el que reflexionar, pero eso ya, otro día.