FRANCESCA. Capítulo 26


En 2010 estaba viviendo en Roma. Trabajaba en un museo de arte contemporáneo y ya se sabe, cuando estás dentro, sales y sigues, pero en ese caso, por placer. Un día me acerqué a una exposición en la Galleria Nazionale d’Arte Moderna e Contemporanea. Siempre que podía me escapaba por allí. No quedaba lejos de mi trabajo y, aún siendo un museo de lo más tradicional no sólo por el edificio sino por la manera de exponer y el discurso de lo expuesto, ir me relajaba. Bien, todo ésto era para contar que ese día, en aquella exposición, descubrí la obra de una artista que desde ese momento me dejó fascinada: Francesca Woodman.
Cuando ahora pienso en ello, no sé cómo no había sabido nada de ella antes. ¿Cómo la pude pasar por alto?.
Francesca Woodman nació en Denver (Colorado) en 1958. Sus padres son artistas y quizá esa sea la razón de su manera de entender el arte. Desde pequeña convivió con él. Lo mamó. Ya con 13 años comenzó a hacer fotografía. Viajó y pasó temporadas en Roma y Florencia, dedicándose a estudiar arte y desarrollar su propio lenguaje. Parece ser que también trabajó con el vídeo. Lástima que no he podido verlo. El 19 de enero de 1981, Francesca se lanzaba al vacío desde una azotea de un edificio de Nueva York, con tan sólo 23 años. Sus padres conservan unas 800 fotografías y negativos.
Francesca es fotógrafa y modelo. Se fotografía una y otra vez siempre en blanco y negro. Desnuda, vestida, escondida, borrosa, abandonada. Es una presencia incierta a veces, y un cuerpo frágil pero rotundo, otras. En ocasiones parece hacer referencia, guiños a otras épocas y movimientos, como los prerrafaelistas, en otros casos, transforma su cuerpo con objetos, a la manera de Ana Mendieta. 

Los escenarios son espacios en desuso, que se caen, se desconchan. Puedes sentir el frío, la ausencia. Incluso, en las pocas ocasiones que está en la naturaleza, ésta no es amable sino una naturaleza de invierno, que no abriga, que ahoga, rasga, hiere.
Sus fotografías son evocadoras. Están llenas de magia. No es sólo lo representado, es mucho más. Contagia nostalgia, soledad, tristeza, denuncia. Me sorprende que, en la exposición en la que me topé con ellas, estuviera enmarcada dentro de la clasificación “artistas feministas”. No creo que ella fuera feminista, o no de manera muy pensada, activista. Creo que tenía un visión muy personal del mundo. Para mí, lo que ella llevaba dentro y el choque con la realidad (lo que había fuera), es la clave de su obra. Por supuesto, su interior es femenino. Su exterior también, y eso conlleva unos roles y Francesca no los perdía de vista, pero lo que representa en su obra es tan íntimo que no considero que deba encuadrarse dentro de un colectivo. Es, como pocas otras, única. Muy tópico, lo sé, y hasta me suena mal, pero su obra, en mi opinión, es su propia “alma desnuda”. Odio usar esa frase pero la describe a la perfección y me temo que no volveré a usarla con ningún artista más.
Desde hace unos años las exposiciones sobre la obra de F. Woodman se suceden: la más importante quizá habrá sido la del Guggenheim de Nueva York este mismo año, en La Fabrica aquí en España y muchas otras individuales y colectivas. Parece ser que desde hace un tiempo se ha recuperado a una artista que ahora nos dice todo aquello que en su momento, nadie vio o quiso escuchar.

En una carta a un amigo, antes de suicidarse decía: 
Mi vida en este punto es como un sedimento muy viejo en una taza de café y preferiría morir joven dejando varias realizaciones… en vez de ir borrando atropelladamente todas estas cosas delicadas…