SANTIAGO YDÁÑEZ: “JUEGO Y SILENCIO”. Capítulo 35


En estos días de Semana Santa, he ido a visitar a mis padres a Úbeda (Jaén). Dando un paseo, al pasar por la puerta del Hospital de Santiago, edificio del siglo XVI (“el renacimiento que mira al sur”) que ahora, gestionado por el Ayuntamiento de la ciudad, funciona como centro cultural con auditorio, salas de exposiciones, biblioteca pública, me llevé una grata sorpresa al descubrir que hasta el 31 de marzo, hay una exposición del pintor Santiago Ydáñez.
Recuerdo el primer contacto que tuve con su obra. Siempre me ha gustado coleccionar los carteles que encuentro por la calle y me llaman la atención. Así he conseguido decorar durante años los cientos de pisos de alquiler donde he vivido. En mi primer año de carrera en Granada, encontré un cartel que me gritaba desde lejos. Era un retrato en primerísimo plano, con pinceladas sueltas, en tonos de blanco, negro y gris. Una cara casi desencajada, echada hacia atrás y con la boca completamente abierta, me llamó. Una mueca terrible, un grito a lo Munch aunque la obra en sí no tiene mucho que ver, pero el gesto sordo era el mismo. Me llevé el cartel y aún lo conservo. Al lado decía: “Exposición de Santiago Ydáñez en el Palacio de los Condes de Gabia..”. Bah, no tenía ni idea de quién era Santiago y no me importaba mucho, la verdad. En esos momentos aún estaba en el arte clásico, pero esa obra me agarró.
Santiago Ydáñez nació en la provincia de Jaén, aunque vive y trabaja entre Berlín y Granada. Licenciado en BB. AA. por la Universidad de Granada, se ha formado con artistas como Juan Genovés, Nacho Criado o Mitsuo Miura. Es uno de los jóvenes artistas españoles con gran proyección internacional. Sus obras han estado en ferias internacionales como ARCO (me encantó encontrarlo allí), FIAC o MIART. Galerías y museos de todo el mundo ya lo han exhibido y forma parte de colecciones tan importantes como la del Reina Sofía o el CAC Málaga.
Su obra, prácticamente sin salirse del blanco, negro y gris, está compuesta por óleos de gran formato que en su mayor parte, son retratos en primer plano, sea de personas, animales, o esculturas religiosas. También usa el dibujo en formatos más pequeños, y de forma más ocasional.
Podríamos decir que Santiago reinterpreta hitos artísticos como el expresionismo, el romanticismo, el barroco, y además, va más allá. Los llena de miradas. Fondos neutros, calmados, paisajes nevados, solitarios, serenos… que adquieren un sentimiento nostálgico, abandonado. Miradas que se clavan en la tuya sin ningún pudor y te preguntan, te gritan. Es imposible no establecer un diálogo con ellas, y ese es su fuerte. Su pintura exclama, por esa razón es capaz de llegar a tantas personas, a muchos tipos de público. Es emocional y humana. Puede llegar a hacer cortes profundos.
La exposición está ubicada en la primera planta del edificio. En la sala “Pintor Elbo”. Para analizarla, lo haré diferenciando los pros y contras que en ella encontré.

PROS:

El lugar: un monumento histórico con uso cultural situado en el centro de la ciudad. Total accesibilidad, un horario amplio y un espacio agradable.
Exposición gratuita, por lo que todos pueden disfrutar de ella.
Música: en la sala sonaba música clásica. Es un acompañamiento perfecto aunque con un “pero”. Estaba demasiado alta y eso, en ocasiones, puede llegar a distorsionar la visita, a molestar más que a hacerla amena.
Un intento estético: La sala, o mejor, las dos salas, ya que es una principal más grande y una sala anexa de dimensiones reducidas, fueron pintadas para la ocasión. La sala principal en un rojo vivo, la sala más pequeña, en negro. En mi opinión es una decisión acertada. Las obras sobre esos fondos resaltaban y daban un efecto muy estético y moderno.
El catálogo: hay a la venta en la misma sala, un catálogo pequeño, tamaño bloc de notas, con encuadernación impecable, buen papel y buenas reproducciones fotográficas de obras, al increíble precio de 1 euro. Fantástica idea. La aplaudo.
CONTRAS:
Nulo trabajo de comisariado: cuando vemos exposiciones como ésta, una se da cuenta de lo importante que es una buena labor de comisariado. Las obras estaban divididas según la sala: óleos y acrílicos de gran formato en la sala principal. Pequeño formato, en su mayoría dibujos, en la sala pequeña. No habían establecido ningún tipo de diálogo entre las obras, no seguían un criterio para su colocación, ni siquiera por tipología (retratos con retratos, paisajes con paisajes…). Parecía que la única razón para su ubicación era que la pared tuviera las dimensiones más adaptas a cada obra. Nada más. Las fotos que acompañan este artículo son todas las obras que componen la exposición (24) y en el orden en que las encontrabas. Así os podréis hacer una idea.
Ninguna información sobre la obra o el autor: ni un texto de pared introductorio, ni un folleto de mano, nada que nos hiciera adentrarnos en lo que íbamos a ver. Nada. Me parece uno de los grandes fallos de la muestra.
El catálogo: como ya sabéis, aplaudo la idea del catálogo de bolsillo a 1 euro, ahora bien, comprarlo era la única opción si querías alguna información. Creo que, aún siendo económico, hay que informar en sala, ya sea porque puede haber gente que no quiera adquirirlo, o bien porque, habiéndolo adquirido, no quieras pararte a leerlo en ese momento. Por otro lado, y una vez leído, el catálogo me dejó bastante asombrada. Dos textos. Uno digamos, protocolario, eso es normal y lógico, pero el otro,  ese que se supone debe hablarte de la exposición y hacértela entender, a mi parecer, divaga. Muchas citas, mucha filosofía, y poca comunicación. También incluye un CV del autor. Muchos datos que, verdaderamente, no aportan mucho. Mejor un pequeño CV literario que nos haga saber de su importancia y que nos hable del porqué de su obra. Las reproducciones fotográficas que contiene son buenas y se agradecen pero, no están todas las obras de la exposición, es más, casi todas las obras no están en la exposición. El catálogo al final, aunque bonito y bien hecho en su concepción física, en lo comunicativo, bastante mejorable.
Las cartelas: colocadas a derecha o izquierda, sin razón aparente. El papel mal pegado, con burbujas. En ellas se podía leer la técnica, las medidas y la fecha. Ninguna referencia al título o a la ausencia de él. También, aunque sea ponerse tiquismiquis, en la cartela podrían haber aportado un par de frases describiendo la obra, o una breve explicación, un gancho que nos aportara información verdaderamente significativa. Pero bien, este tipo de cartelas son difíciles de encontrar todavía en la mayoría de los museos e instituciones, así que bueno, era sólo una idea.

Como dijo la museóloga Paquita Hernández en las clases del máster que cursé: “Cuando se es museólogo no vuelves a disfrutar de una exposición al 100%. Te conviertes en un analista de cada detalle. Ves todos los fallos y aciertos”. Le tengo que dar la razón. Me pasa continuamente. En ocasiones odio ser museóloga tanto como lo amo.

Desde aquí animo a los ayuntamientos y demás administraciones que difunden arte y promueven exposiciones, a colaborar con museólogos y comisarios. Además de dar voz a estos profesionales jóvenes y emergentes, los resultados serán mucho más satisfactorios. El coste de la producción no se elevará demasiado (nada incluso) y darán una oportunidad a personas muy preparadas y con buenas ideas.

Ni mis fotos ni la cámara de mi teléfono, son buenas. Espero que sepáis disculparme.