CHRISTENBERRY: FOTOGRAFIAR LAS HUELLAS. Capítulo 51


Hay exposiciones inesperadas. Pasabas por allí. Entraste.
Alguien te habló de ella e incluso te invitaron. No llevabas una idea hecha, ni
expectativas. No sé si eso es mejor o peor. Lo bueno de cuando ocurre algo así
es que sientes que has descubierto un tesoro o un secreto: “¿Por qué no
sabía de la belleza que iba a encontrar aquí? ¿Cómo puede haber tanta
delicadeza concentrada en una sala?”. Tienes la sensación de llevar 34 años
habiéndote perdido algo. Por suerte, lo encontraste.
Lo que describo me ha ocurrido varias veces ya.
Curiosamente, casi todas ellas ha sido con fotografía. En ocasiones no se puede
explicar tan nítidamente como quisieras la diferencia entre las fotografías
imprescindibles y las buenas. Hay muchos fotógrafos buenos. Los imprescindibles son menos.

Do you believe in Jesus. I Do, 1966

Del 25 de septiembre al 24 de noviembre de 2013, la
Fundación Mapfre albergó la exposición del fotógrafo americano William
Christenberry. Me habían contado que era una muestra deliciosa. Nunca pensé que
tanto. Lamentablemente, vivir lejos de Madrid me impidió asistir a la
inauguración. Pero esta vez tuve suerte. El Centro de Arte José Guerrero,
traería justo después la exposición a Granada. No hacen faltan excusas para ir
allí, pero esta vez, además, mi curiosidad me empujaba.
Christenberry nació en 1936 en Tuscaloosa, Alabama. Para mí,
que no conozco los Estados Unidos, este dato acentúa mi interés. Los estados
del sur durante el siglo XX han sido dibujados como aquel limbo en el que
el americano ve pasar el mundo, receloso de lo que ocurre más arriba. Las
raíces marcan. Muchos artistas lo reflejan en su obra. En el caso de
Christenberry, ellas son el eje central sobre el que gira su producción. Sobre
el que reflexiona. Su mirada, llena de sentimiento y extrañeza, se fija sobre
lugares que un día reconoció como suyos, intentando retratar el paso del
tiempo. Pero no es un tiempo cualquiera. Es el que solo se puede dar allí. Un
tiempo que pesa, que se mueve muy despacio y que deja huellas profundas sin que
nadie parezca percatarse.
Lo que realmente estaba haciendo, especialmente con las fotografías -ya que solo tomo fotografías una vez al año, cuando voy a Alabama- era plasmar, si es que me es posible, el paso del tiempo. (…) No quiero decir que pretenda plasmar el paso del tiempo. No sé si eso es posible. Ni siquiera me interesa de una forma definida. Lo que me interesa es la sensación. Si fuera poeta quizá pudiera encontrar la forma de hacerlo.


Casa, a las afueras de Marion, Alabama, 1964
© William Christenberry; cortesía Pace/MacGill Gallery,
Nueva York
Estudió arte en la Universidad de Alabama. En aquel momento el expresionismo abstracto dominaba el panorama artístico americano. Sus primeras fotografías pertenecen a los años cincuenta y fueron realizadas con una pequeña cámara Kodak Brownie. En principio no tenían otro objetivo que servir de punto de partida para sus pinturas. Fue un pionero en el uso del color en la fotografía artística, hasta entonces considerado como característica propia de la fotografía amateur.

La clave de esta exposición es la sencillez. Las imágenes seleccionadas por Yolanda Romero, comisaria de la muestra y directora del Centro Guerrero, son más de trescientas, todas de pequeño formato y en las que la persona no aparece si no es fortuitamente. En ellas retrata edificios, construcciones tradicionales, cementerios, paisajes (a los que empieza a prestar atención a partir de los años setenta ya que muchas de las típicas construcciones habían desaparecido), carteles
publicitarios (algunos improvisados), etc… y en todas quedan patentes dos tipos huellas:
la del paso del tiempo y la que el hombre produce transformando la naturaleza. 

Gasolinera Rebel, Moundville, Alabama, 1964
© William Christenberry; cortesía Pace/MacGill Gallery,
Nueva York

Estas imágenes son el resultado de los viajes que Christenberry hacía cada verano a su tierra natal. Desde el 68 se había trasladado a Washington D.C. donde impartía clases de arte en el Corcoran College of Art and Desing. El choque psicológico y emocional que le proporcionaban los recuerdos de su infancia junto con las experiencias vividas (revueltas violentas a causa de la lucha por los derechos civiles), hacen que estas fotografías sean un documento personal, subjetivo pero histórico.
En 1960, tras tropezarse en una librería con Let Us Now Praise Famous Men, escrito por James Agree con fotografías de Walker Evans en 1936, decidió volver a fotografiar los lugares y las personas (solamente le interesan en este momento pues eran personas que él mismo conocía) que ventiséis años antes hiciera Evans.

Let Us Now Praise Famous Men, Agee y Evans, 1936
Me impresionaron mucho los textos de Agree, pero algunas de las fotografías me dejaron sin habla porque conocía a esas personas. Algunas habían trabajado ocasionalmente para mis abuelos Smith. Cuando se lo enseñé a la abuela Smith dijo: “Ah, sí, ese es el señor Tal y Tal”, y fue diciendo sus nombres. Me fascinó totalmente ese libro y empecé a seguir los pasos de Agree y Evans, volviendo a fotografiar los temas suyos que pude encontrar. Era fascinante para mí. Lo que ellos habían hecho encajaba perfectamente con lo que yo sentía por aquel paisaje y aquellas personas.
Son muy características las series en las que fotografía el mismo edificio, almacén, casa, una y otra vez durante décadas. Expuestas en forma de cuadrícula provocan una sensación parecida a la de un time-lapse. Es un time-lapse artesanal. Congelado. Quieto.

Casa y coche, cerca de Akron, Alabama, 1978-2005
© William Christenberry; cortesía
Pace/MacGill Gallery, Nueva York

Además de las fotografías, la exposición se completa con esculturas y carteles publicitarios metálicos. Las primeras son reproducciones de las construcciones que retrata. Los segundos los recogía con la inquietud del coleccionista. Los seleccionaba entre aquellos que más representaban lo que para él era ese complejo lugar en el que pasó su infancia.
Mi tierra natal siempre me pareció parte de mi ser. Vivir lejos de ella me ha dado una perspectiva que no creo que hubiera tenido si me hubiera quedado allí. No es nostalgia; eso no me interesa. Es verdad que te puedes regodear en la nostalgia, sumergirte en ella y chapotear. Por ahí no se va a ninguna parte. Pero el sentimiento fuerte para mí es otra cosa.(…) Lo interesante es ver cómo el tiempo, los elementos y la gente, cómo todas esas cosas cambian. Hay un verso de Emily Dickinson que expresa lo que yo siento por el cambio y cómo lo recordamos, o no lo recordamos: “La memoria es una campana extraña, que toca a fiesta y toca a muerto”.


Dream Building XII, 1990
Hace también una dura crítica al Ku Klux Klan con su obra The Klan Room. Un trabajo que le llevó, desde el año 1962 hasta el 2000, a coleccionar recortes de periódicos, carteles, pósters, fotografías propias, dibujos y muñecos inspirados en los miembros del Klan. Ácido y directo, en esa habitación no queda duda de su total rechazo a la ideología tradicional, racista y religiosa que el Klan propugna.
En 1962, cuando daba clases en Menphis State, empecé a trabajar en una serie de dibujos y pinturas con la intención de expresar la repugnancia que siento por el Ku Klux Klan. En 1963 vestí los primeros muñecos que hice con túnicas y capuchas de satén. Durante los treinta y tres años que han pasado desde entonces, la suma de obras conocida como The Klan Room ha crecido hasta incluir cientos de objetos e imágenes.

Hay quien me ha dicho que un tema así no es algo propio de un artista ni del arte.Por el contrario, yo mantengo que hay momentos en los que el arte debe examinar y dar a conocer esta extraña y secreta brutalidad.


The Klan Room, 1962-2000

El uso de una museografía simple, clara, ordenada, nos orienta perfectamente por la exposición, que está dividida en nudos temáticos. Las piezas pueden observarse con detenimiento y relacionarse entre sí, estableciendo un discurso coherente. Resaltaría de esta exposición, además obviamente de las obras, al narrador. Los textos de pared, o más bien, las cartelas que acompañan los grupos temáticos, son citas del propio autor. Su lenguaje es claro, directo, transparente. Nos deja ver sus sensaciones y sus motivaciones. Me ha parecido un fantástico acierto. El recorrido se hace tan ameno que deseas sentarte en una mesa a tomar un café con él y seguir disfrutando de su charla. Algunas de esas citas acompañan este texto. Era imposible dejar fuera su propia voz.
La exposición estará hasta el 23 de marzo en Granada. Después viajará hasta Gijón, al Instituto Jovellanos, Centro de Cultura Antiguo Instituto. Si tenéis la oportunidad, no os la perdáis, y si os apetece después, pasad por aquí y contadme.