Dignidad y museos. Capítulo 84.


En estos últimos meses hemos sabido por algunos medios (recalco algunos porque la mayoría ni se molestó en hacer referencia, por ello, es de agradecer el esfuerzo que Elena Vozmediano hace en este sentido. Sin ella no habría una sola voz crítica con los museos españoles) que los trabajadores subcontratados de algunos museos públicos de Barcelona y Bilbao estaban en huelga para pedir unas condiciones de trabajo menos precarias, más dignas. Estas huelgas han puesto en un aprieto a más de un director de museo, a algún que otro político y a los dueños de las empresas intermediarias a los que se les dio, a través de concurso público, la gestión de estos servicios: atención al público, mediación, educación, guías, etc. Servicios que, a todas luces, son absolutamente despreciables por lo que se desprende del trato que a los trabajadores dan las empresas y las instituciones públicas en cuestión.

Esto, señores, no es de ahora, no. Esto lleva siendo así años. Me atrevería a decir que nunca fue de otra manera… Y bien, ¿factores que llevan a esta situación? Muchos, veamos:

-Dinero público gestionado por terceros: corregidme si me equivoco, porque bien, mucho no entiendo de burocracia pero… Si estos trabajadores son INDISPENSABLES para el museo, ¿por qué se externaliza su contratación? ¿A qué obedece esta situación? Podréis decir que es más rápida la gestión de esta forma al no tener que crear plazas públicas con todo el ajetreo de documentación que eso pueda provocar, pero, qué queréis que os diga, si este personal es necesario para el museo, las plazas deben crearse. Llevamos años, muchos años así. El papeleo ya debería estar hecho. Postergarlo, en mi opinión, solo se entiende si esto sirve a intereses no públicos. Además, también existe el empleo público fuera del funcionariado… Vías hay o debería de haberlas.

-Empresas culturales (o no) que no contratan ni tratan de forma adecuada a sus trabajadores. Recordemos que cualquier recepcionista de museo (lo sé bien porque fui recepcionista de uno durante tres años) por poner un ejemplo, posee formación superior, idiomas, habilidades sociales y una buena percha (sí, esto también lo exigen. Sé de colegas que fueron rechazadas en diferentes puestos de atención al público por estar “metiditas en carnes”). Un personal con una altísima cualificación que gana unos 3 euros a la hora (casi en cualquier trabajo ganas más), al que no se le respetan los días festivos ni en pago, ni en cantidad, ni en nada, al que cambian el horario a cada momento, y al que si protesta, responden: “puedes irte. Hay 10 más esperando en la puerta con tu misma formación”. Empresas que se aprovechan de la falta de trabajo que hay en este sector y de la gran cantidad de personas cualificadas y deseando trabajar que hay en España, que sacan beneficio de la necesidad de una oportunidad que tienen los jóvenes profesionales culturales en este país. Empresas para las que la precariedad es un negocio.

-Desigualdad en los concursos públicos. No se puede competir con gigantes, menos aún, cuando se fabrican trajes a medida.

-Falta de vigilancia por parte de las instituciones porque claro, el político o director de turno puede decir que no sabía con exactitud cuáles eran las condiciones de esos trabajadores, aunque sirva de poca excusa ya que en el proyecto presentado por la empresa esto debe aparecer. Pero no, oigan, basta de excusas, basta de auditorías pactadas, basta. Una institución pública debe velar por la dignidad de sus trabajadores… Si esto no es así, no sé de qué sirve que lo público se pague con dinero de todos.

Un país que se llene la boca con la palabra democracia, que tanto alardea del maravilloso legado cultural que posee, uno de los mejores del mundo, de sus increíbles museos, también estos entre los más importantes a nivel mundial, debería tener en cuenta que la cara exterior de la cultura, el peso del trabajo diario, no puede ser soportado solo por unos pocos a los que, además, se les infravalora y ningunea constantemente.

Los jóvenes profesionales españoles, artistas, museólogos, gestores culturales, educadores de museos, etc, mientras están en España viven en la más absoluta precariedad, en condiciones que no pueden llamarse dignas.

Algunos, hartos ya, salen a buscarse las habichuelas y el respeto fuera de nuestras fronteras, con la esperanza de que un día, cuando hayan hecho méritos gigantescos, sean mínimamente reconocidos aquí y tratados con un poco de respeto. Pudiendo entonces volver e intentar conseguir un trabajo que esté más o menos a la altura de su valía.

Un país en el que la cultura se mide en base al beneficio económico de unos pocos no merece ser escaparate de nada, ejemplo de patrimonio, vanguardia de gestión museística alguna. No vale para nada hacer exposiciones más abiertas, intentar acercar el museo al público, lanzar aplicaciones super novedosas, dejar unas cuantas horas al día gratis en el museo para que “todos” puedan venir, difundir un arte más político, social y lejano, si el que tiene que sonreír y explicar los contenidos al visitante no sabe si tendrá para el bonometro o si podrá tener ese fin de semana libre que pidió hace meses.

No se puede crear un tejido cultural sólido si los que están dentro son menospreciados constantemente.